viernes, 30 de enero de 2015

¿Para los ministros que no están pastoreando? Estudio Bíblico



No todos los ministros son llamados a servir en un pastoreado.

A veces es el deber de los que fueron llamados a tal puesto a dejarlo para aceptar otro aspecto de la obra del ministerio. En el ministerio que el Cristo ascendido dio a su iglesia fueron nombrados, aparte de pastores, evangelistas y maestros. (Efesios 4:11) Son términos para designar puestos importantes en el reino de Dios. Aquí se presenta una explicación breve de la función dado a ellos.

I. Evangelista.

Entre ellos, La Biblia nombra a Felipe, Apolo, Bernabé, Timoteo y Tito. Fueron hombres que no tenían un puesto local. Fueron encargados con la responsabilidad de predicar y administrar las ordenanzas del evangelio por donde quiere que el Espíritu los llamó.

Estaban ocupados, por mayor parte, en una obra semejante a la de los misioneros – predicar el evangelio donde no había sido predicado, formando iglesias y dirigiéndolas en su infancia. Es posible también que a veces su obra era semejante a los hoy en día que ayudan a pastores en reuniones especiales para promover avivamiento y evangelismo. Tal vez Bernabé, cuando fue enviado por la iglesia en Jerusalén para tener parte en el gran despertamiento en Antioquía, tenía la capacidad para servir en este caso. Timoteo fue dejado por Pablo en Efeso para frenar una inclinación hacía a la herejía. (Hechos 11:22-24, I Tim. 1:3-4) Por eso, podemos clasificar a los evangelistas así:

A. Misioneros foráneos. Al considerar el deber de entrar a un campo foráneo hay que tomar en cuenta las calificaciones necesarias. El mero anhelo o inclinación emocional tiene poco peso si uno no llena los requisitos. Entre los requisitos más obvios se puede hacer mención de los siguientes:

1. Un cuerpo físico sano. La gran mayoría de estos campos misioneros están en el oriente con un clima desfavorable que prueba en lo extremo las fuerzas físicas. Nadie, ya debilitado por enfermedades o susceptible a enfermedades, debe aventurarse a tales campos misioneros. Si va, sus debilidades van a impedirle de darse por completo a la obra y más probable su estadia será breve. En todo caso, sería sabio buscar consejo médico.

2. Sentido común. La administración práctica de la misión muchas veces es la responsabilidad del misionero. Por eso, es imprescindible que él tenga una buena medida de tacto y sabiduría. En un campo nuevo él estará alejado de consejeros de confianza y él tendrá que apoyar sobre su propio juicio en tomar decisiones. En los campos más desarrollados él puede buscar consejo de los nacionales. En todo caso él debe saber llevarse bien con los nacionales y servir como su consejero también. Una mente idealista, no realística, no sirve en tal situación a pesar de su inteligencia y buena educación.

3. Facilidad en aprender un idioma nuevo. Es difícil aprender un idioma nuevo y en especial uno de los del oriente. Hace falta aprenderlo lo más bien para que se puede hablar con fluidez. Algunos hombres con mucha habilidad han fracasado en esto en el campo foráneo. Cuando es así, puede ser que pueden servir en otras capacidades, pero no pueden predicar ni enseñar. Por eso, es imprescindible que el candidato tenga una aptitud ordinaria para lenguajes para asegurar que, con persistencia, él será capaz de dominar el vernáculo de la gente.

4. El don de predicar. La predicación a los incrédulos es una manera eficaz de evangelizar y las condiciones de sobresalir en ella son las mismas por todos lados. También el misionero debe ser "apto para enseñar." (II Tim. 2:24) Esto requiere que él tenga facilidad para persuadir y ilustrar de manera que puede declarar la verdad con claridad. En los campos foráneos muchas veces se requiere que él sabe predicar de una manera conversacional. En tal caso él tiene que saber refutar argumentos y lidiar con los que saben llegar a fondo en razonar. Si él fracasa en esto, el evangelio queda mal estimado.

5. Fe, energía y perseverancia. En estos puestos alejados, un espíritu tímido, vacilante, y pusilánime está destinado a fracasar. Coraje, determinación y esfuerzo son capaces de alcanzar resultados permanentes. Los misioneros Carey y Judson esperaron años con confianza sin vacilar antes de ver su primer converso. Requiere las mismas calidades de carácter de los que son pioneros en campos foráneos. En evaluar las calificaciones de un joven hay que tomar en cuenta que él no está desarrollado y las cualidades que tiene ahora son el principio y la esperanza de lo que desarrollará con poder más adelante.

En un campo foráneo, igual en su patria, las emergencias y circunstancias sirven para desarrollar a un hombre. Por eso, ningún joven debe rechazar la llamada a un campo foráneo basado sobre su falta de calificaciones. Más bien él debe estudiar su carácter y buscar consejo de los con habilidad evaluar sus capacidades. Así, en tomar una decisión sobre un asunto con tantas consecuencias, no estará tan propenso a equivocarse. Semejante decisión se debe tomar con una vista imparcial y con una conciencia clara. Debemos tomar en cuenta que hay peligro que, sin darse cuenta, nuestro egoísmo magnificará las razones en contra a la vida misionera y apreciará demasiado bajo la fuerza de las razones en su favor.

No voy a tocar la naturaleza de la obra misionera y la manera de llevarla a cabo. Estos se encuentran abundantemente presentados en los libros "El Misionero Foráneo" escrito por Rev. M. J. Knowlion D.D. Y "Las Misiones Foránea, Sus Relaciones y Relaciones" por el Rev. Rufus Anderson. En algunos aspectos, las relaciones del misionero son delicadas y requieren, por su parte, dirección. Aquí se puede mencionar:

a. Su relación para con su junta misionera.

La junta está encargado con la administración del dinero encomendado a ella por las iglesias. Por eso, la misión debe tener cierto medida de supervisión y dirección sobre él en cuanto a su manera de llevar a cabo su obra. La línea de demarcación entre la autoridad de la junta y la independencia del misionero en dirigir su obra no es siempre fácil determinar. Sin un espíritu de gentileza, paciencia y confianza, es posible que surgan conflictos serios. En la administración del dinero es importante mantener un balance de las entradas y salidas por parte de ambos, la junta y el misionero. Así se puede evitar aun la sospecha de ser estafador. En esto, como en todos los asuntos de la administración de dinero, es sabio poner por obra el consejo del Apóstol Pablo cuando dijo, "Evitando que nadie nos censura en cuanto a esta ofrenda abundante que administramos, procurando hacer las cosas honradamente, no solo delante del Señor sino también delante de los hombres." (II Cor. 8:20-21)

b. Sus relaciones para con los pastores nacionales e iglesias también son delicadas.


Anteriormente la obra del misionero era, más que nada, la supervisión en general de las iglesias nacionales. En esto el misionero no pudo ejercer un poder arbitrario. El no es un obispo con autoridad sobre las iglesias, impidiendo a los pastores ejercer su poder sobre sus iglesias. El no debe mirar por alto la independencia de las iglesias. Su poder es, más bien, moral y su obra es la de entrenar a las iglesias y pastores para ser capaces de cumplir sus funciones independientes del misionero. Por eso, él debe ser diligente en guardarse de un espíritu arbitrario o métodos que chocan con la justa independencia de pastores e iglesias. La historia testifica al carácter alto y la nobleza de los hombres que han salido como misioneros.

A pesar de las relaciones delicadas, raras veces han sido roces entre las juntas misioneras y los misioneros. Por la mayor parte, las iglesias foráneas han sido adiestradas de tal manera que son ejemplos de ellos en su organización y carácter; obrando en la simpleza e independencia de las iglesias del Nuevo Testamento.

B. Misioneros hogareños.

Esto significa a los misioneros que se ocupan en trabajar en su patria. La mayoría de estos son pastores en iglesias nuevas o débiles. Su cargo es distinto de la del pastor común y corriente en el hecho que su apoyo viene en parte de una organización misionera. Por esto tienen la obligación rendir cuentas con el cuerpo que ayuda en su sustento. Algunos de ellos están ocupados en ministerios ambulantes en guetos urbanos o en suburbios nuevos o zonas no evangelizadas del país. Su obra consiste en visitar casa en casa, predicar cuando tienen oportunidad, organizar escuelas dominicales y la formación de iglesias. Hay pocas obras que requieren más fuerza de carácter, firmeza de juicio, fuerza indomable, abnegación y dedicación. Entre los que están ocupados en esta obra están algunos de los más nobles siervos de Cristo. No hace falta tratar de sus deberes que son casi iguales a los de los demás pastores.

C. Evangelistas que viajen de iglesia a iglesia.

En todas las edades Dios ha dado dones especiales que sirven en el despertamiento y la salvación de almas. A veces el pastor no tiene estos dones. Por supuesto, si tiene estos dones son de gran valor. El evangelista no siempre tiene la educación y habilidad docente del pastor. Puede ser que falta en el poder de continuamente guiar, organizar y gobernar a una iglesia. Lo que él tiene a su favor es poder reforzar y amplificar las verdades que el pastor ya ha enseñado. Él puede desarrollar convicciones latentes y mover a los hombres a tomar decisiones definidas. Hay pastores que tienen el don de enseñar pero faltan el poder despertar y mover a la gente tomar decisiones. Por eso, muchas veces sucede en la obra del Señor que uno siembra y otro siega. En tal sentido, el evangelista viene como segador con sus dones de recoger donde el sembrador ha obrado por un rato largo con paciencia.

El pastor ha preparado una cosecha espiritual.

La relación entre el evangelista y el pastor en reuniones especiales es siempre delicada. Antes de empezar, ellos deben tener un entendimiento franco y así será cooperación cordial entre ellos. El evangelista debe guardarse de meterse en lo que pertenece al pastor ni quitar de la estima que la iglesia tiene por su pastor. A veces hay peligro de esto. El evangelista puede tener un número reducido de sermones y usarlos una y otra vez. Él puede predicar con buenas ilustraciones, elocuencia, libertad y fuerza. Al contrario, el pastor tiene que tocar un amplio rango de temas y de continuo tiene que preparar sermones nuevos. Hay peligro que algunos oyentes, menos pensativos, piensen que su pastor es aburrido a comparación con el evangelista. Si es así el pastor sufre.

Entre los conversos también a menudo hay una atracción hacia a aquel que fue el agente en su conversión. Ellos miran por alto el esfuerzo largo y penoso de su pastor en llevarles al punto de estar listo tomar una decisión. Por eso, es el deber del evangelista reconocer y frenar estas tendencias y reforzar, de cualquier manera posible, la estima que la gente debe tener por su pastor. Su ministerio es una bendición permanente si resulta en reforzar la relación entre el pastor y su pueblo.

Un pastor joven, por supuesto, confiará mucho en el juicio y la experiencia del evangelista en planear por las reuniones pero es dudoso que el evangelista debe insistir en el controlar total de ellas o si un pastor debe concedérsela. En especial el pastor debe mantener control de las reuniones cuando toca la cuestión de los candidatos por membresía en la iglesia. Dado a su conocimiento de la gente del barrio, el pastor está más capacitado juzgar el carácter de la gente y no está tan propenso equivocarse como un desconocido. La tentación a buscar la fama, por ambos, el pastor y el evangelista, por ver un gran número de miembros nuevos, con apuro y poca discriminación, puede resultar en daño a la iglesia.

El motivo del evangelista debe ser el despertamiento de almas y un avivamiento de espiritualidad genuina. Con este fin en mente, él va a elegir sus temas y desarrollarlos para lograr este resultado. Por eso, hay un número limitado de temas y la manera de predicar tiene que ser estimulante y excitante. Su éxito y fama exigen que él tenga resultados inmediatos. Por eso, hay peligro que él emplea métodos diseñados para producir excitación religiosa que, más adelante, estará condenado por el público y la iglesia sufrirá.

Excentricidad en el evangelista, aunque es una parte natural de su individualidad, puede servirle en darle la capacidad despertar la curiosidad de la gente y llamar a la gente a la casa de Dios. Pero si él usa su excentricidad para llamar atención a sí mismo está mal. Temas sensacionales, frases jerigonzas, dichos groseros, declaraciones exageradas y una manera de ser rara por el momento pueden excitar la atención y tal vez los aplausos de la gente pero el resultado final siempre desventaja el orador y su causa. Aun los incrédulos condenan semejantes cosas en uno que se trata con las almas de la gente y la religión. Tal vez el evangelista está en peligro de buscar la ventaja provisoria que él puede efectuar por su excentricidad porque llama a la gente escucharle pero, cuando él se va, no se dará cuenta de la reacción negativa que tenía.

Algunos de los evangelistas más eminentes limitaron sus sermones a más o menos, los mismos temas. A través de su carrera fueron añadiendo a su claridad, fuerza y viveza de ilustraciones y la eficacia de su aplicación. El Rev. Jacobo Knapp tenía un ministerio cuyo éxito no fue igualado por ningún predicador de este siglo. Él adoptó este método. Este escritor estaba con él en tres series de reuniones. La primera cerca al principio de su ministerio y la última algunos 30 años más tarde, cerca al fin de su ministerio.

En cada una, él usó, por mayor parte, los mismos temas. Pero era impresionante ver el avance en su poder y en los resultados. Pocos en la multitud de los que se reunieron para escucharle en las 6 semanas sucesivas olvidarán la fuerza de su razonamiento, el poder gráfico de sus ilustraciones y la gran eficacia de su aplicación de la verdad a la conciencia y al corazón. Él había juntado en aquella serie de 75-100 sermones los resultados más ricos del pensamiento de por vida. Esta concentración de toda la fuerza de un hombre sobre algunos pocos sermones da al evangelista gran ventaja en el púlpito.

En su vida espiritual, el evangelista está en peligro de estar orgulloso de su piedad. De continuo él experimenta el movimiento del Espíritu en las almas y está expuesto al peligro de mirar por alto el hecho de que, por mayor parte, él está cosechando lo que otros sembraron y que la conversión es únicamente la culminación de una larga serie de influencias de las cuales él fue la última. Es natural que creyentes rescatados de una vida perdida y almas convertidas tendrán en alta estima a aquel que fuera instrumental en su despertamiento. El evangelista puede fracasar en la humildad genuina si no reconoce que cada efecto espiritual es la obra del Espíritu santo. Si lo hace, él puede asumir una actitud de espiritualidad superior. Resulta que él pierda poder con Dios y, a su vez, poder para con los hombres.

No hay carga de más alta responsabilidad ni más grande utilidad que la del evangelista. La carga ha sido ocupada por algunos de los más nobles hombres en la iglesia de Dios. Han sido hombres llenos del Espíritu Santo y de fe cuyos nombres traen una fragancia a la memoria de multitudes como los heraldos de la salvación. Por regla general, la carga debe ser ocupada únicamente por los con experiencia porque requiere pureza y fuerza de carácter, firmeza de juicio y una medida grande de fe, paciencia, sabiduría y conocimiento de hombres. Son cualidades que se consigue únicamente por la experiencia.


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