viernes, 31 de mayo de 2013

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL, Estudio Biblíco 31/05/2013

INTRODUCCIÓN

El Segundo libro de Samuel (=2 S) prosigue el relato iniciado en el primero. Al principio, se destaca de un modo especial el bello y noble poema en el que David lamenta la muerte de Saúl y Jonatán (cap. 1). A continuación, la narración se concentra por entero en la historia del reinado de David, primero solo sobre la tribu de Judá (caps. 2–4) y después sobre todo Israel (caps. 5–24).

Como 1 y 2 Samuel forman en realidad una sola obra, véase la Introducción al primer libro.

El siguiente esquema ofrece una visión de conjunto de 2 Samuel:

I. Comienzo del reinado de David, profecía de Natán y campañas militares (1–8)

II. La sucesión al trono de David (9–20)

III. Apéndices (21–24)




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jueves, 30 de mayo de 2013

"¿Qué significa dejar a nuestros padres/familiares y unirse a una nueva casa?"

Respuesta: Esta frase “dejar y unirse” viene de Génesis. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” (Génesis 1:1). Para una excitante narración de la verdadera historia de la creación, lee Génesis 1—2. “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen,... (“Nuestra” se refiere a la Santísima Trinidad – el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.) “Y creó Dios al hombre a Su imagen, a imagen de Dios lo creó: varón y hembra los creó.” (Génesis 1:26-27). “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.” (Génesis 2:7).


Entonces Dios hizo a la mujer. La hizo de la costilla que había tomado del hombre, y la trajo ante él. “Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue formada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:23-24) “Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” (Mateo 19:6).

Dios hizo primeramente al hombre y después a la mujer. Dios Mismo la trajo ante él. Dios Mismo ordenó que se juntaran en santo matrimonio desde el principio del mundo. El dijo que los dos serían una sola carne. Esta es la figura de la intimidad marital – el acto de amor que jamás debe ocurrir sino entre ellos dos. “Unirse” significa adherirse, pegarse o juntarse con. Es la unión única de dos personas en una sola identidad y significa que no debemos renunciar cuando las cosas no van bien. Esto incluye hablar las cosas, orar por ellas, ser paciente mientras confías en que Dios trabaja en los corazones de los dos, estando dispuesto a admitir cuando estés equivocado y pedir perdón, permaneciendo con tu esposo(a) cuando todo lo demás parezca salir mal, y buscando regularmente el consejo de Dios en Su Palabra. 

“Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer. Y a los demás yo digo, no el Señor; Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone.” (1 Corintios 7:10-13). La voluntad de Dios para el hombre y la mujer es dejar y unirse “hasta que la muerte los separe.” “Jehová Dios de Israel ha dicho que Él aborrece el repudio...” (Malaquías 2:16).



El “dejar y unirse” en el lazo matrimonial es también una ilustración de la unión que Dios quiere que tengamos con Él. “En pos de Jehová vuestro Dios andaréis; a Él temeréis, guardaréis Sus mandamientos y escucharéis Su voz, a Él serviréis y a Él seguiréis.” (Deuteronomio 13:4). Significa que debemos dejar a todos los demás dioses, en cualquiera de las formas que hayan adoptado, y unirnos solo a Él como nuestro Dios. Nos unimos a Él cuando leemos Su Palabra y nos sometemos a Su autoridad sobre nosotros, y a través de la oración de fe.
Entonces, mientras lo seguimos de cerca, encontramos que Su instrucción de dejar padre y madre, para unirnos al esposo(a), es con el fin de descubrir el compromiso y la seguridad, como El lo ideó. Deja atrás la opción del divorcio, el cual nunca es una solución, sino más bien un intercambio por problemas aún más complejos. Dios toma nuestros votos matrimoniales muy seriamente. Así que, dejar y unirse, es el plan de Dios para aquellos que se casan y cuando seguimos el plan de Dios, jamás salimos decepcionados.




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miércoles, 29 de mayo de 2013

PRIMER LIBRO DE SAMUEL, Estudio Biblíco 29/05/2013

INTRODUCCIÓN 

Samuel es considerado a la vez como el último de los jueces o caudillos (cf. 1 S 7.10-13, véase Introducción a Jueces ) y el primero de los grandes profetas de Israel (1 S 3.20). Los libros que llevan su nombre relatan el paso del anárquico periodo de los jueces (cf. Jue 17.6; 21.25) al establecimiento y consolidación de la unidad nacional bajo un rey elegido por Dios y consagrado por un profeta (1 S 10.1; 16.13). 

Tres personajes son los principales protagonistas de los sucesos relatados en estos libros: Samuel, Saúl y David. Los primeros capítulos, en efecto, refieren el nacimiento de Samuel y su vinculación con el santuario de Siló, al frente del cual estaba el sacerdote Elí (1 S 1.1–2.11). También los hijos de Elí prestaban servicios en aquel santuario, pero a ellos les importaba más obtener beneficios personales que cumplir con sus deberes sacerdotales. En consecuencia, cometían toda clase de abusos (1 S 2.12-25), que fueron castigados con la derrota de Israel, la muerte de los culpables y la caída del arca del pacto en poder de los filisteos (1 S 4.1b–5.2). En estas críticas circunstancias, Samuel fue llamado por Dios a ejercer la función profética (1 S 3.1-18), fue favorecido con revelaciones divinas (1 S 3.21–4.1a) y, más tarde, en su condición de juez y caudillo (1 S 7.2-17), guió los destinos de su pueblo hasta que este le pidió ser gobernado por un rey (1 S 8.4-6).

El texto pasa luego a relatar una etapa decisiva en la historia de Israel: la institución de la monarquía y los primeros años del reinado de Saúl (1 S 8–15). La trayectoria de Saúl como primer rey de Israel se inició con una resonante victoria (1 S 11). Pero este comienzo promisorio se vio prontamente frustrado por la patética decadencia que fue minando el carácter de Saúl y su capacidad de gobernante. Este profundo desequilibrio se puso de manifiesto, sobre todo, en la encarnizada persecución de que hizo objeto a David, la cual obligó a este último a convertirse en fugitivo y aun en mercenario de los filisteos (1 S 16–30). Así, los relatos contraponen dos destinos opuestos: el de David, que siguió una brillante carrera ascendente, y el de Saúl, que se precipitó cada vez más hacia su trágico final. Este final se describe dramáticamente en el último capítulo del Primer libro de Samuel (=1 S), que narra la muerte de Saúl y de sus hijos en la batalla de Guilboa (cap. 31).

El segundo libro continúa el relato, insertando al principio el bello canto fúnebre que entona David para lamentar la muerte de Saúl y de su gran amigo Jonatán (2 S 1.17-27). Luego, el resto del libro está dedicado por entero a narrar la historia del reinado de David, ejercido primero solamente sobre Judá (2 S 2.4,11) y más tarde sobre todo Israel (2 S 5.1-5).

Estas narraciones presentan a David como un guerrero valeroso y hábil, que extendió y consolidó su reino en lucha contra los enemigos externos y contra las rebeliones internas. También ponen de relieve su profunda religiosidad (cf. 2 S 6.14,21-22; 7.18-29) y su preocupación por asentar sobre bases sólidas la organización del reino (cf. 2 S 8.15-18). Pero al mismo tiempo descubren sus debilidades y pecados, que llegaron incluso hasta el adulterio y el asesinato (2 S 11.1–12.25).

La institución de la monarquía aparece en el Primer libro de Samuel como una concesión del Señor a los deseos expresados por los israelitas, sin que esto signifique, de parte de Dios, una renuncia a su autoridad soberana como verdadero rey de Israel. Por tanto, después de conceder al pueblo el rey que le pedía, el Señor reclamó para sí una obediencia que está por encima de toda autoridad humana: Ahora os toca a vosotros honrar al Señor y rendirle culto, escuchar su voz y no desobedecer sus mandatos, y vivir, tanto vosotros como el rey que os gobierne, conforme a la voluntad del Señor vuestro Dios (1 S 12.14).

Por otra parte, la persona y el reinado de David dejaron una huella profunda en el pueblo de Israel, que vio en él a su héroe por excelencia, después de Moisés. Así David se convirtió en prototipo y prefiguración del Mesías, el Elegido de Dios, que vendría a cumplir las grandes promesas del Señor a su pueblo Israel.

Los dos libros de Samuel constituyen en realidad una sola obra. El primero incluye las siguientes secciones:

I. Infancia de Samuel, profeta y juez de Israel  (1–7)

II. Institución de la monarquía (8–12

III. Victorias y reprobación de Saúl  (13–15

IV. Ascenso de David y decadencia de Saúl (16–31)

martes, 28 de mayo de 2013

"¿Debe una esposa sujetarse a su esposo?"

Respuesta: Este es un punto importante a considerar en el matrimonio y también en la vida diaria. Dios ideó el hecho de la sumisión en Génesis. En el principio, como no había pecado, el hombre no tenía una autoridad a quien obedecer, excepto la autoridad de Dios. 
Cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios, el pecado entró en el mundo y entonces fue necesaria la autoridad. Por lo tanto, Dios estableció la autoridad necesaria para reforzar las leyes de la tierra y además proveernos con la protección que necesitamos.

Primero, debemos sujetarnos a Dios, lo cual es la única manera en que realmente podemos obedecerle (Santiago 1:21 y Santiago 4:7). En 1 Corintios 11:2-3, encontramos que el esposo está sujeto a Cristo, como Cristo lo estuvo a Dios. Entonces los versos dicen que la mujer debe seguir su ejemplo de sujeción a su esposo. Otro versos acerca de la sumisión de Cristo a Dios, se encuentran en Mateo 26:39 y Juan 5:30. La sumisión es la respuesta natural a un liderazgo amoroso. Cuando un esposo ama a su esposa como Cristo ama a la iglesia (Efesios 5:25-33), entonces la sumisión es una respuesta natural de la esposa hacia su esposo. 

La palabra griega traducida como someterse (Hupotasso) es la forma continua del verbo. Significa que el someternos a Dios, a nuestros líderes y a nuestro esposo no es una decisión de una vez. Es una actitud continua en nuestras mentes, que llega a convertirse en un patrón de conducta. La sumisión de la que se habla en Efesios 5, no se refiere a una sujeción unilateral de un creyente para ser dominado egoístamente por la otra persona.


La sumisión bíblica está diseñada para ser 
entre dos creyentes llenos del Espíritu, quienes se entregan mutuamente uno al otro y a Dios. La sumisión es una calle de dos sentidos. La sumisión es una posición de honor y plenitud. 

Cuando una esposa es amada como Cristo ama a la iglesia, la sujeción no es difícil. Efesios 5:24 dice, “... como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.”

Este verso está diciendo que la esposa debe sujetarse a su esposo en todo lo que es correcto y legítimo. Por lo tanto, la esposa no está obligada a desobedecer la ley o descuidar su relación con Dios. La mujer fue formada de una costilla de Adán; no fue tomada de su cabeza para que gobierne sobre él, tampoco fue formada de sus pies para ser pisoteada por él, sino que fue tomada de su costado, para ser igual a él, bajo su brazo para ser protegida y cerca de su corazón para ser amada. 

El mandato “someteos” en Efesios 5:21, es la misma palabra usada en 5:22. Los creyentes deben someterse unos a otros en reverencia a Cristo. Los versos 19-21, son todos el resultado de estar llenos del Espíritu Santo (5:18). Los creyentes llenos del Espíritu son adoradores (5:19), agradecidos (5:20), y sumisos (5:21). Pablo entonces, sigue su línea de pensamiento del vivir con la llenura del Espíritu y la aplica a los esposos y esposas en los versos 22-33.



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lunes, 27 de mayo de 2013

RUT, Estudio Biblíco 27/05/2013

INTRODUCCIÓN

El libro de Rut (=Rt) es una obra maestra del arte narrativo y una especie de oasis o remanso en el clima de violencia característico de la época de los “caudillos” (véase Rt 1.1-2 nota  a ). La figura central del libro es una joven de Moab, viuda de un israelita, que se manifiesta extraordinariamente leal a su suegra y adopta como suyos al pueblo y al Dios de Israel (1.16-17). El encanto y audacia de Rut atraen la atención de un pariente cercano llamado Booz, que se casa con ella conforme a las leyes y costumbres vigentes en aquel tiempo y en aquel medio social. El primer hijo nacido de ese matrimonio lleva el nombre de familia del marido difunto, y así queda asegurada la supervivencia de la familia y del nombre familiar (4.10; cf. 1.11-13).

La fisonomía de los tres principales personajes del relato presenta rasgos bien definidos. Noemí es la mujer lúcida y generosa (cf. 1.8-9) que sabe dar el consejo adecuado en el momento oportuno (cf. 3.1-4), y que alcanza a ver cumplidos sus deseos después de haber bebido la copa de amargura que fue la muerte de su esposo y de sus dos hijos (cf. 1.20). Booz, el propietario del campo, es bondadoso con sus servidores, lleno de afecto con la joven moabita y leal y decidido cuando llega el momento de cumplir con su deber y de hacer valer sus derechos (cf. 3.10-13; 4.3-4). Rut, la heroína del relato, reúne en su persona las más hermosas cualidades: cariñosa y amable, activa y emprendedora, audaz hasta poner en peligro su honor con tal de perpetuar el nombre de su difunto esposo (cf. 3.10) y, por último, madre feliz de un niño que legalmente debía ser considerado hijo de Noemí (4.17).

Además, la parte final del libro (4.18-22) incluye una lista genealógica que menciona a Booz entre los antepasados del rey David. Es decir que Rut, la moabita, por su matrimonio con Booz llegó a ser bisabuela de David, y quedó así integrada en una genealogía que culmina con el nacimiento de Jesús (cf. Mt 1.5). De este modo, la aparición de una mujer extranjera en tan ilustre genealogía muestra que Dios no hace distinción de personas cuando se tiene fe en él y se cumple su voluntad.


La historia de Rut tiene como escenario principal una pequeña aldea, y los episodios relatados en el libro no sobrepasan el cuadro de los sencillos hechos cotidianos. Sin embargo, la atmósfera que en él se respira se impone a toda forma de racismo o de nacionalismo estrecho. Ya la vinculación de la historia de Rut y Booz con la genealogía de David confiere al relato una dimensión y un interés nacionales. Pero, más profundamente todavía, la incorporación de una moabita al pueblo del Señor (cf. Dt 23.3-6) refleja un espíritu universalista que solamente sería superado con la aparición del Nuevo Testamento (cf. Mt 28.16-20;Hch 1.8).

En la versión griega de los Setenta (LXX), el libro de Rut viene después del libro de los Jueces, sin duda a causa de la indicación cronológica que figura al comienzo de la narración (Rt 1.1-2). Pero la Biblia hebrea lo incluye entre los Escritos, es decir, en la tercera y última parte del canon. Esta ubicación, y otros indicios diseminados a lo largo del libro (véase, por ejemplo, 4.7 n.), parecen indicar que el relato recibió su forma definitiva en una época más bien tardía, después del exilio babilónico. Por tanto, en él se percibe una velada protesta contra las medidas excesivamente rigoristas en lo relativo al matrimonio de judíos con mujeres extranjeras (cf. Esd 9–10Neh 13.23-27).

El siguiente esquema ofrece una visión sinóptica del contenido del libro:

La familia de Elimélec en Moab  (1.1-5

Noemí y Rut van a Belén  (1.6-22)

Rut en el campo de Booz  (2)

La bondad de Booz (3)

Boda de Rut y Booz  (4.1-17)

Los antepasados de David  (4.18-22)




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martes, 14 de mayo de 2013

JOSUÉ Estudio Biblíco

INTRODUCCIÓN
Una serie de libros que en la Biblia hebrea llevan el título de Profetas anteriores ( Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel 1, y 2 Reyes ) aparecen después del Pentateuco. Esta designación se explica por una antigua tradición judía, que consideraba autores de esos escritos a determinados profetas: a Josué le atribuía la composición del libro que lleva su nombre; a Samuel, la de Jueces y Samuel, y a Jeremías, la de 1 y 2 Reyes. Hoy se ha podido demostrar, gracias al análisis literario de los textos, que esa tradición carece de fundamento sólido.

Sin embargo, el título de Profetas anteriores sigue teniendo un significado profundo, ya que los episodios relatados en esos libros son algo más que meros hechos históricos. En efecto, sus protagonistas fueron mujeres y hombres situados en un espacio y en un tiempo determinados, como Josué, Débora, Gedeón, Saúl, David, Betsabé y los reyes de Israel y de Judá; pero en cada etapa de la historia, Dios intervino de modo especial para dar cumplimiento a su designio de salvación. Los hechos que aquí se narran, por lo tanto, están presentados desde una perspectiva profética, que toma en consideración, al mismo tiempo, los factores humanos que intervinieron en cada episodio y la acción de Dios que dirigía el curso de los acontecimientos.

Los estudiosos modernos de la Biblia suelen designar estos escritos con el nombre de Historia deuteronomista, porque la interpretación que dan de la misma está fuertemente influida por la teología de Deuteronomio. Tal influencia se percibe, sobre todo, en su modo de juzgar tanto los hechos en su dimensión global, como la conducta de las personas (compárese, por ej., Dt 12.2-3 y 2 R 17.10-12).

El primero de los Profetas anteriores es el libro de Josué (=Jos), que se divide en dos grandes secciones, seguidas de un breve apéndice.

La primera parte (caps. 1–12) narra la entrada y el asentamiento de los israelitas en Canaán bajo la guía de Josué, el sucesor de Moisés (cf. Dt 31.7-8). Después de la larga marcha por el desierto, el pueblo, que finalmente se había reunido en las llanuras de Moab, cruzó el río Jordán y se dispuso a tomar posesión de la Tierra prometida. Una vez acampados al oeste del río, Josué organizó varias campañas militares: la primera en la Palestina central, y luego otras dos, una dirigida hacia el norte y otra dirigida hacia el sur. Al comienzo de esta sección hay un discurso introductorio pronunciado por Josué, que sitúa los episodios relatados en su contexto teológico: Yo os daré toda la tierra en donde pongáis el pie (Jos 1.3). Por lo tanto, el establecimiento de los israelitas en el país de Canaán no sería una conquista puramente humana, sino un don del Señor.

Esta parte concluye con una enumeración de los reyes vencidos al este y al oeste del Jordán (cap. 12).La segunda sección (caps. 13–22) expone la distribución de las tierras entre las tribus de Israel. En su mayor parte, consta de largas listas de ciudades y pequeños poblados, que no hacen muy atractiva la lectura. Sin embargo, son listas que ofrecen datos valiosos para conocer las fronteras de las tribus israelitas y para localizar algunos lugares mencionados en otros pasajes del AT. Además, este reparto refleja una honda preocupación por la justicia en la distribución de las tierras: cada tribu de Israel –incluida la tribu sacerdotal de Leví, que no recibió como herencia un territorio específico (Nm 18.20; Dt 18.1-2; Jos 13.14)– debía tener, en la Tierra prometida, un espacio donde poder habitar (Jos 21.43-45).

La sección final (caps. 23–24) se refiere a los últimos días de Josué: sus palabras de despedida al pueblo de Israel (cap. 23), la renovación de la alianza en Siquem (24.1-28) y el relato de su muerte (24.29-31).

Se ha hecho notar, con razón, que el verdadero personaje central en Josué no es el héroe que dio nombre al libro, sino la propia Tierra prometida. Lo que en el Pentateuco había sido una promesa, encuentra aquí su realización. Los patriarcas habían vivido como extranjeros en el país de Canaán, pero el Señor les había prometido una tierra y una descendencia numerosa. Más tarde, en el Sinaí, la promesa divina había sido reiterada a Moisés (Ex 3.17); y, ahora, la descendencia de Abraham recibía la Tierra prometida como una herencia, como un don del Señor: Ni una sola palabra quedó sin cumplirse de todas las buenas promesas que el Señor había hecho a los israelitas (Jos 21.45).

De este modo, la Tierra era un signo de la fidelidad de Dios a su palabra, fidelidad que, a su vez, exigía de parte del pueblo una conducta semejante. De ahí la insistencia en señalar que la conquista y la posesión de la Tierra dependían de la observancia de la Ley: mientras los israelitas se mantenían fieles, el Señor les daba la victoria; la infidelidad, por el contrario, hacía que la ira divina se encendiera contra ellos y les ocasionara la derrota (cf. 7.1).

Una lectura superficial de este libro deja la impresión de que los israelitas, dirigidos por Josué, conquistaron el territorio de Canaán a mano armada y de manera rápida y total; pero un examen más atento de los textos muestra, en cambio, que los cananeos no fueron exterminados por completo, sino que muchos de ellos retuvieron sus posiciones durante largo tiempo (cf. 15.63; 17.12-13). Más aún: a veces hicieron pactos con los israelitas y convivieron pacíficamente con ellos (9.1-27; 16.10). Visto así, resulta muy ilustrativa la comparación de estos relatos con el comienzo del libro de Jueces.

De esa comparación resulta que la conquista de Canaán no fue la consecuencia de una guerra de exterminio, sino que se desarrolló con lentitud y no sin dificultades. Unas veces, los israelitas utilizaron las armas; pero en la mayoría de las ocasiones, cada tribu actuó por cuenta propia y en forma pacífica. Solo en tiempos de David la totalidad del territorio quedó incorporado a Israel, y no por la total eliminación de los antiguos pobladores, sino por su integración en el reino davídico.

El esquema siguiente da una visión sintetizada del libro de Josué:

I. La conquista de Canaán (1–12)

II. Repartición del territorio (13–22)

III. Despedida de Josué y renovación del pacto (23–24)

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