martes, 8 de septiembre de 2015

Tenemos una Gran Comisión que cumplir. ¡ID!

Tenemos una Gran Comisión que cumplir, la de predicar el Evangelio a toda criatura; es decir, a cada ser humano sobre la tierra.

1.Por amor, hemos de llevar el Evangelio a los perdidos “Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. 15 Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16: 14, 15).

El predicar el Evangelio; es decir, el hacer saber las Buenas Nuevas de salvación a cada persona, parte y debe partir del mandamiento que tanto rigió en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, cual es: “Amarás...al prójimo como a ti mismo” (Lucas 10: 27).


En el Antiguo Testamento,
 lo vemos en Levítico 19: 18; “...amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.”

Y en el Nuevo Testamento,
 además de en los Evangelios, en: (Santiago 2: 8) “Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis”

No olvidemos que ese mandamiento parte de un mandamiento anterior, cual es el amar a Dios “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente” (Lucas 10: 27)

Es imposible amar a Dios si no amamos a los que Dios ama, es decir, a todos los hombres por los cuales Cristo dio su propia vida.

ASÍ PUES, LA MOTIVACIÓN PARA LLEVAR EL EVANGELIO A LOS PERDIDOS, SERÁ LA DEL AMOR.

2. No somos muy conscientes de que la gente sin Cristo va al infierno (1 Juan 5: 12) “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”.

Las personas que no tienen a Cristo – y son la muy inmensa mayoría – están perdidas; es decir, están condenadas. Quizás muchos no lo saben, o no son conscientes de su realidad, pero eso no les exime de ese hecho y de sus consecuencias eternas.

El problema es que nosotros tampoco somos – generalizando – muy conscientes de esa realidad. También hemos de entender desde el fondo de nuestro corazón cual es el estado de las gentes y de cada individuo que no tiene a Cristo.

Es preciso orar primero que el Espíritu Santo nos haga entender fehacientemente y nos convenza acerca de ello. Sin ese convencimiento y subsiguiente sentimiento, difícilmente tendremos la suficiente carga por los perdidos.

El no tener esa carga por los perdidos, hace que poco o nada hagamos por ellos, en aras de llevarles el mensaje de salvación. Eso es pecado.

El apóstol Pablo declaraba:

“Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9: 16)

Hemos de entender que la mayor bendición que podemos dar a alguien, es el mensaje de salvación.

3. El peligro de vivir encerrados en nosotros mismos

“Id por todo el mundo...” (Marcos 16: 14)

A causa del general ambiente hostil que nos rodea, además de otras particularidades, el peligro que corremos como individuos creyentes y como congregación, es la de vivir encerrados en nosotros mismos, conforme a un cristianismo en cierta medida subjetivo o encasillado.

No obstante el mandamiento es bien claro: ¡ID!

En primera instancia, se trata de salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad, de nuestros temores, de nuestros prejuicios, de nuestra rutina de vida, etc. No podremos ir muy lejos en el cumplimiento de la Gran Comisión si no empezamos por ahí.

Es pecado también vivir así.

A. El ejemplo de la iglesia primera:

Tenemos el ejemplo de la primera iglesia, la cual vivía, no de espaldas a las gentes, sino todo lo contrario:

(Hechos 2: 44-47) “Todos los que habían creído estaban juntos....perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.

No tenían grandes infraestructuras (de hecho no tenían ninguna). Sólo se basaban en el poder del Espíritu Santo y en el conocimiento de la Palabra.

Hay algunos puntos a destacar aquí:

“Todos los que habían creído estaban juntos....perseverando unánimes cada día en el templo.” Juntos y unánimes. Ese estar juntos – en general – debería entenderse sobre todo como un sentir, ya que no siempre es posible físicamente. Lo que siempre hay que estar, y procurar estar, es unánimes (es decir, de un solo ánimo o manera de pensar y sentir).

“partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios.” Siempre que sea posible, el compartir con sencillez de corazón, es preciso hacerlo, esto es lo que muestra y demuestra que Cristo está en medio nuestro. La alabanza a Dios está implícita – y debe serlo – en ese contexto.

“y teniendo favor con todo el pueblo”. Ese tener favor con todo el pueblo es necesario para poder en medio de ese contexto plantar la semilla que es el Evangelio. No podemos vivir un cristianismo de espaldas a la gente. Si queremos ver conversiones, deberemos mostrar nuestro cristianismo ante los demás, y de manera práctica.

“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. En aquel entonces fue así, tal y como lo relata el libro de los Hechos. Es cierto que las conversiones son comparativamente escasas hoy en día, y mayormente en Europa, pero el principio sigue siendo el mismo; cuando tenemos favor con las gentes, anunciándoles el Evangelio, las conversiones se irán produciendo.

4. El engaño de creer que uno “no está preparado”

(Éxodo 4: 10- 12) “Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua. 11 Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? 12 Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar”

Como vemos, ya le ocurrió a Moisés. Hemos de entender y creer, que cuando compartamos el Evangelio, será el Espíritu Santo el que de veras estará hablando al corazón de la persona, y que no serán nuestros esfuerzos o palabras rebuscadas las que convencerán a nadie.

Moisés al principio no entendió eso. Pensó que él debía convencer a Israel con sus propias fuerzas y con su dialéctica, sin comprender que Dios mismo iba a “estar en su boca” (Ex. 4: 12).

Lo único que es preciso a la hora de llevar el Evangelio y compartirlo a los demás, es tener ese amor por las almas que

sólo Dios puede darnos por su Espíritu, y que es responsabilidad nuestra pedírselo.

5. Modelo de evangelizador: el apóstol Pablo

La Biblia nos da enseñanza en cuanto a cómo llevar el mensaje de salvación a los perdidos. El apóstol Pablo nos da esas directrices: (1 Corintios 2: 1-5).

1 “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.
2 Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.
3 Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor;
4 y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder,
5 para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”

“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.” Pablo comprendió que no iba a convencer a nadie conforme sólo el Espíritu Santo podía – y puede – hacer.

El entendió que en principio sólo iba a “plantar”: (1 Corintios 3: 5, 6)

I. “ ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté...”

Pablo quiso que fuera el Espíritu Santo el que convenciera de pecado a sus oyentes. No intentó convencerles con argumentos.

II. “2 Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.” Tuvo que proponerse a sí mismo, esforzándose, el no ir más allá de la simple, aunque poderosa predicación de Jesucristo como Salvador, quien murió en la cruz por los pecadores – locura a los que se pierden, pero a los que se salvan, es poder de Dios (1 Co. 1: 18)

III. “3 Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor” No fue Pablo sobre ninguna nube de prepotencia, mostrando alguna superioridad ante los demás, sino todo lo contrario, fue con humildad “estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Fil. 2: 3)

IV. “4 y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, 5 para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”

La elocuencia (el saber hablar o expresarse) no es lo que Pablo usó. Con ello se demostró que las conversiones fueron las producidas por Dios, y no otra cosa, y el poder del Espíritu Santo y Su presencia, respaldaban esas pocas pero ungidas palabras del Evangelio. Con ello, la fe de esas personas, una vez aceptaron el Evangelio, fue real, y no basada en persuasión o argumentos humanos.

6. Concluyendo

“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16: 15)

Podemos y debemos llevar el Evangelio a los perdidos. Confiando en que Dios por Su Espíritu si así le place - estará haciendo la parte que nosotros no podemos hacer: la de convencer al pecador:

“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.” (1 Corintios 3: 6, 7)

Cumplamos con nuestra obligación de llevar la Palabra a todos aquellos que la han de escuchar.

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