viernes, 15 de mayo de 2015

Sonriente cuando respiró por primera vez en la presencia de Jesús.



 Aportacion de: Benjamín Ayala López



Ruido. Vibración. Presión. Energía. El astronauta Chris Hadfield usó estas palabras para describir su lanzamiento al espacio. 

Mientras el cohete se desplazaba velozmente hacia la Estación Espacial Internacional, el peso de la gravedad aumentaba y se hacía difícil respirar. 

Cuando pensó que se desmayaría, la nave entró repentinamente en la ingravidez. 

En vez de caer en la inconsciencia, se puso a reír.

Esto me hizo pensar en los hechos que rodean la muerte de mi madre, (Victoria López Ávila de Ayala, [RIP] 2008).

El peso de la vida se había desvanecido en ese fatal accidente doméstico de hace casi 7 años;  en sus uñas quedaron huellas de su desesperada lucha por salir de ese depósito de agua, batallo contra el tiempo, arañó las paredes para intentar salir a la superficie, no tuvo éxito… hasta que quedó sin fuerzas e inhabilitada para respirar.. y ahi solita expiró.

Entonces, ella fue liberada de su dolor y entró tranquilamente en la «ingravidez» del cielo.

Me gusta pensar en mi madre “Doña Victoria” y en su gran sonrisa cuando respiró por primera vez en la presencia de Jesús.

Aquel viernes «santo», a Jesús le sucedió algo similar. 

Dios cargó sobre Él el peso del pecado de todo el mundo, hasta que no pudo respirar más. 

Jesús exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46) . 

Al tercer día, Dios volvió a darle vida, y ahora vive donde el pecado y la muerte no tienen poder. 

Un día, los que confían en Cristo se unirán a Él, y me pregunto si miraremos atrás a esta vida y nos reiremos.

Padre, gracias porque estar ausentes de este cuerpo con sus pesadas cargas significa estar contigo para siempre. 
 
El sacrificio de Jesús 
nos señala hacia el gozo del cielo.
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