Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados quedan perdonados. (Marcos 2:5) El episodio que narra este versículo es muy conocido. Jesús estaba en una ciudad, dentro de una casa. La gente estaba tan emocionada de verlo y escucharlo que el lugar estaba totalmente lleno, nadie podía entrar o salir. En esa ciudad había un paralítico con amigos preciosos que accedieron a llevar al amigo necesitado hasta donde estaba el gran maestro obrador de milagros, para que lo sanara. El grupo de valientes no pudo pasar por la puerta principal, tal era la cantidad de gente en ese lugar. ¡Su solución fue creativa, abrieron un agujero en el techo y bajaron al paralítico a través de él! Al ver la gran fe de estas personas, Jesús... dijo «tus pecados te son perdonados». La acción de Jesús sorprende a los más atentos al texto. La necesidad del paralítico parece ser la sanidad física, pero cuando se presenta ante Jesús, recibe el perdón. Eso es porque Jesús conoce mejor que nosotros ...
Pero les digo la verdad: Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes. (Juan 16:7) Cuando Jesús estaba en el mundo, algunas personas disfrutaban de una gran proximidad con él. Los apóstoles, por ejemplo, convivieron más con Jesús que la multitud que lo seguía. La presencia física de Jesús en este mundo limitaba la posibilidad de interacción con él (Marcos 2:4). Al despedirse de sus discípulos, Jesús afirmó que para ellos sería mejor que él se fuera para el cielo, porque entonces vendría el Consolador. El Consolador es el Espíritu Santo, descrito por Pablo como el Espíritu de Cristo (Romanos 8:9). Con la venida del Espíritu Santo, todos tenemos la oportunidad para interactuar, aproximarnos y tener una relación de intimidad con Jesús. A través del Espíritu Santo podemos disfrutar de una comunión profunda con el Señor. Hoy, Jesús está espiritualmente presente en la vida de todo aquel que cree (Hechos 2:38)...