Lo único que nos aleja de Dios es el pecado. Así como el aceite y el agua no se mezclan, Dios no se mezcla con el pecado. Cuando andamos en error nos alejamos de la presencia de Dios. Es como si no quisiéramos su presencia. Dios se preocupa por ti, pero debes arrepentirte para que él comience a actuar. Por eso es tan importante el arrepentimiento, porque nos permite acercarnos más al Padre. ¡No permanezcas en el pecado, arrepiéntete, vuelve a los brazos del Señor! Él te ama de verdad. No permitas que el pecado te aleje de Dios Arrepiéntete de tus pecados, ese es el primer paso para acercarte a Dios. Después de arrepentirte, busca su presencia, ¡santifícate! Aprende de tus errores, reflexiona sobre tus acciones. Eso te ayudará a no cometer los mismos errores. Para orar: Señor Dios, tú eres un Padre amoroso, y sé que quieres que permanezca cerca. Quiero esforzarme y volver a tus brazos. Perdóname, limpia mi corazón. En el nombre de Jesús, amén.
Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra. (2 Tesalonicenses 2:16-17) En 2 Tesalonicenses 2:16-17 se nos recuerda el amor incondicional que Dios nos ha dado, un amor que nos sostiene en medio de las tormentas. La gracia de Dios nos motiva a hacer el bien, tanto con nuestras acciones como con nuestras palabras. ¡Busquemos siempre que todo lo que digamos esté lleno de amor y bondad! Cuando nos sentimos débiles o tenemos dudas, debemos recordar que Dios nos ama y nos cuida. Permitamos que el Espíritu Santo nos dé fuerzas para seguir el camino correcto, incluso cuando las cosas sean difíciles. Mostremos el amor de Cristo en todo lo que hacemos, inspirando a otros a buscar la verdad y la justicia. Esforcémonos para que nuestras vidas sean un ejemplo del poder del Evangelio, llevando esperanza y consuelo a todos los que nos rodean...