Tenemos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario, hasta donde Jesús, el precursor, entró por nosotros, llegando a ser sumo sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. (Hebreos 6:19-20) La ilustración de la esperanza como ancla es maravillosa en este pasaje. Un ancla es un instrumento de hierro que está unido a una cadena, utilizado para asegurar y estabilizar embarcaciones en el agua. Esta parte es esencial incluso para barcos muy grandes. Sabemos que el Señor tiene poder para calmar las tormentas y los vientos, él también caminó y puede hacernos caminar sobre las aguas. Pero, ¿qué pasa cuando eso no acontece? Cuando las aguas embravecidas mecen la barca de un lado a otro... ¿Dónde está anclada tu esperanza? ¿En ti mismo, en el dinero, en las circunstancias o en Jesús? Esto quiere decir que aunque la tormenta persista y los vientos sean fuertes, aunque parezca que todo se hunde, si tu barca está segura en el ancla ...
Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados. (1 Pedro 2:24) En la época de Jesús no había vacunas tal y como las conocemos hoy. Esa tecnología es de historia reciente. Las vacunas actúan en nuestro sistema inmunitario, estimulando nuestros anticuerpos y combatiendo los virus y las bacterias. Muchas veces no nos damos cuenta de los cambios que realizan en nuestro cuerpo. En ciertos casos, principalmente durante la infancia, las inyecciones nos dejan pequeñas señales o marcas. Después de algún tiempo, al mirarnos en el espejo, vemos la señal de que fuimos vacunados y protegidos. Jesús obra de la misma forma. Cuando aceptamos a Jesús somos marcados por su sangre y recibimos el remedio espiritual. Su poder nos inmuniza contra la muerte eterna y nos capacita para combatir el pecado. Esa vacuna tiene un efecto poderoso en nuestra vida, nos transforma completamente. ¡Es una experienci...