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Tránslate / Traducción

LOS EVANGELIOS, Estudio Biblìco.

INTRODUCCIÓN

La palabra “evangelio” procede de una voz griega que significa buenas noticias. 

Ya en el Antiguo Testamento encontramos la expresión “dar buenas noticias”, que en la versión griega (LXX) se traduce con un verbo emparentado con evangelio.

Precisamente uno de estos textos se cita en el Evangelio según Lucas. 

En Lc 4.18-19 se dice que Jesús, en la sinagoga de Nazaret, al comienzo de su actividad pública el mensaje de Salvación.

También te invito a que puedas leer este texto del profeta Isaías: 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres;

me ha enviado a anunciar libertad a los presos y a dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor” (cf. Is 61.1-2a).

Y luego Jesús dice a sus oyentes: 

“Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.

” (La misma expresión se usa en la forma griega de Is 40.9; 52.7; 60.6.) 

Probablemente, Jesús mismo empleó la palabra aramea correspondiente para referirse al mensaje de salvación que él predicó. 

Ese mensaje iba especialmente dirigido, como afirma el texto de Isaías, a los pobres, los enfermos, los oprimidos y los necesitados del perdón de Dios (cf., por ej., Mc 1.15).

Cuando, después de la muerte y resurrección de Jesús, los apóstoles y sus discípulos empezaron a anunciar, en primer lugar a los judíos y luego a los no judíos, la buena noticia de la salvación que Dios les ofrecía por medio de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, fácilmente encontraron que el término “evangelio” era el más adecuado para designar ese mensaje: era la buena noticia por excelencia. 

Pablo usa con frecuencia el término para referirse al mensaje que él predicaba a los no judíos (cf., por ejemplo, Ro 1.1,9,16; 1 Co 15.1). 

Marcos también usa esta palabra al comienzo de su libro (Mc 1.1).

Poco a poco la palabra “evangelio” fue convirtiéndose en la designación técnica de los cuatro relatos de la iglesia apostólica que nos hablan de Jesús, de sus hechos, de sus palabras y de su pasión, muerte y resurrección.

De esta manera se habla del Evangelio según San Mateo, San Marcos, San Lucas o San Juan, y también se habla de “los cuatro evangelios”. 

Son cuatro libros, aunque el mensaje de salvación es uno solo. 

Encontramos estos cuatro libros al comienzo del Nuevo Testamento.

En las Escrituras de Israel (lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento) ya habían quedado consignados muchos de los acontecimientos de la historia de este pueblo. 

También los griegos tenían ciertos libros que narraban la historia de pueblos diversos.

Nuestros evangelistas conocían las Escrituras de Israel, y alguno de ellos (como Lucas) quizá conocía también distintos libros de historia escritos por los griegos. 

Sin embargo, al redactar sus evangelios, ellos no tomaron como modelo ninguno de los libros históricos anteriores.

Comprendieron que estaban narrando una historia diferente y se vieron en la necesidad de crear una forma literaria propia.

Comparados con los relatos del Antiguo Testamento, los evangelios se distinguen sobre todo por estar centrados en una sola persona: Jesús de Nazaret. 

Varios textos del Antiguo Testamento contienen relatos acerca de personajes de la historia de Israel: 

Abraham, Jacob, José, Moisés, David, Elías, etc.; 

e incluso hay libros dedicados a una sola persona, como los de Rut, Job o Ester. 

Sin embargo, en ninguno de ellos se le da al personaje la importancia que Jesús tiene en los evangelios.

Cuando los griegos exponían en sus propios libros sus ideas religiosas, lo hacían sobre todo en forma de mitos y leyendas. 

Pero los evangelios nos hablan de una persona real, histórica; nos hablan de Jesús, quien vivió en un tiempo y en un país real. 

Sin embargo, nos dicen que en esa persona y en su historia ha sucedido algo nuevo y definitivo para la salvación eterna del ser humano. 

El mismo Dios de Israel, el Dios de los patriarcas y de los profetas, se ha revelado ahora de una manera completamente distinta en su Hijo, en Jesús de Nazaret.

Los judíos del tiempo de Jesús, basándose en textos de las Escrituras y en tradiciones que se habían desarrollado con el correr del tiempo, esperaban a una persona que Dios iba a enviar para llevar a cabo su obra de salvación, en especial en favor del mismo pueblo de Israel. 

Estas expectativas variaban según los diversos grupos que había entonces en el judaísmo. 

Así también, se atribuían a esta persona diferentes nombres y funciones. 

PEl que llegó a hacerse más usual fue el de Mesías (Cristo, Ungido); y otros, más o menos equivalentes, fueron Hijo de David, Hijo del hombre, Hijo de Dios.

El mensaje de los evangelios está centrado en este tema, como lo expresa un pasaje del cuarto evangelio: 

“Estas [señales milagrosas] se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en él” (Jn 20.31).

Al leer los evangelios, nos damos cuenta de la importancia tan especial que tiene el periodo último de la historia de Jesús, desde su entrada mesiánica en Jerusalén hasta su muerte y resurrección, periodo de, aproximadamente, una semana. 

Por la comparación con otros textos del Nuevo Testamento, como los discursos de Pedro y de Pablo en los Hechos de los Apóstoles (véase Hch 2.14-42.) y las cartas de Pablo (cf., por ej., 1 Co 15.1-7), 

podemos decir que la referencia a la muerte y resurrección de Jesús era el centro del mensaje de salvación desde los primeros tiempos. 

Así que, no es de extrañar que ocupe tanto espacio en los evangelios.

Pero los evangelios nos presentan además muchos aspectos de la actividad anterior de Jesús, desde que fue bautizado por Juan. 

Nos narran muchos hechos y palabras de Jesús en diversas circunstancias y ante diversos oyentes. 

En cambio, solamente dos evangelios, los de Mateo y Lucas, nos hablan de la infancia de Jesús. 

Ninguno hace mención del largo periodo de su adolescencia y juventud.

Los evangelistas no pretendieron escribir obras literarias refinadas, como las de muchos poetas o literatos de su época. 

Escribieron, más bien, en un lenguaje sencillo y popular; su interés no estaba en la forma artística, sino en el contenido del mensaje. 

Sin embargo, su misma sencillez y sobriedad dota de un valor duradero y universal a su obra.

No podemos leer los evangelios como si fueran biografías de Jesús, escritas al estilo moderno y según nuestra mentalidad occidental. 

Estos libros quieren sobre todo comunicar al lector el sentido salvífico de la historia de Jesús. 

Los evangelios nacieron de la fe de la iglesia apostólica en Jesús, el Hijo de Dios, muerto y resucitado, y dan testimonio de esa fe (cf. Jn 20.30-31).

Al leer cuidadosamente estos cuatro libros, nos damos cuenta de que los tres primeros, los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, presentan una semejanza muy grande entre sí, mientras que el cuarto, el de Juan, se diferencia bastante de los otros. 

Por dicha semejanza, a los tres primeros se les ha dado el nombre de “evangelios sinópticos” (de sinopsis=vista de conjunto). 

En esta edición se indican los pasajes paralelos debajo del título de cada sección.

Ahora bien, cada evangelio tiene su propia perspectiva y su manera peculiar de narrar la historia de Jesús. 

Son enfoques diversos, que se explican por las también diversas tradiciones que utilizan, por los diversos grupos de lectores a los que se dirigen y por el carácter personal, propio de cada evangelista.

Ninguno de los evangelios menciona el nombre del escritor. 

Solamente en Lc 1.1-4, el autor hace referencia a su propia actividad literaria, escribiendo en primera persona.

Fue probablemente en el siglo II cuando, al copiar los evangelios, se hizo común titularlos respectivamente “Según Mateo”, “Según Marcos”, “Según Lucas” y “Según Juan” (sin incluir la palabra “Evangelio”). 

Los autores cristianos de aquella época muestran que fue entonces cuando se difundió la tradición acerca de los nombres de los autores; pero no disponemos hoy de suficiente información para decir cómo se llegó a la identificación de la obra y el nombre del evangelista.

Los evangelios, como toda obra literaria, tuvieron indudablemente sus autores. 

Sin embargo, pertenecen a un tipo de literatura en que, más que la actividad creadora y original del autor, cuenta la utilización de tradiciones conservadas en una o varias comunidades. 

Esta literatura de base tradicional es propia de la mayor parte del Antiguo Testamento, así como de los escritos, especialmente los religiosos, de muchos otros pueblos, sobre todo en el Oriente. 

Eran tradiciones que se transmitían de viva voz en las comunidades; y, en 1 Co 11.23-25 y 15.1-7

Pablo recuerda a los cristianos de Corinto algunas de ellas que él les transmitió y que tienen sus paralelos en los evangelios.

Pero el mundo helenístico del siglo I ya no era una cultura puramente oral, sino que la práctica literaria estaba ya muy desarrollada. 

Los cristianos comprendieron la necesidad de tener una literatura propia, mediante la cual se preservaran de manera más fiel y permanente las tradiciones recibidas por vía oral. 

En el prólogo de su evangelio, Lucas deja constancia de esta actividad (Lc 1.1-4).

La mayoría de los estudiosos actuales de la Biblia se inclinan a pensar que el primero de los evangelios que se redactó fue el de Marcos. 

También piensan que los de Mateo y Lucas, redactados posteriormente, utilizaron en gran parte a Marcos, además de otras tradiciones diferentes. En último lugar debió de escribirse el Evangelio de Juan, que sigue caminos muy propios. 

Todo este proceso literario se desarrolló en la segunda mitad del siglo I, aunque el año exacto de la redacción de cada uno de estos libros es difícilmente precisar.

En las introducciones particulares a los evangelios se indican algunas de las características peculiares de cada uno de ellos.


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