porque ella pensaba: “Si solo toco su manto, seré sanada”. (Marcos 5:28) Esa mujer, que llevaba doce años sufriendo una enfermedad incurable, encontró en Jesús su última esperanza. Ya no tenía fuerzas, ni prestigio, ni siquiera la libertad de acercarse a la gente debido a su condición. Pero tenía algo que a muchos, incluso con salud y recursos, les falta: fe. Una fe sencilla, pero profunda, convencida de que un solo toque bastaría para cambiar toda su historia. Cuando pensamos en "tocar el manto de Jesús", recordamos que no es solo un gesto físico, sino una actitud. Es reconocer que todo el poder, la sanación y la restauración fluyen de él. Es admitir que nosotros, por nosotros mismos, no podemos resolver lo que nos hiere, nos agota y nos hace sangrar por dentro. Hay dolores que nadie ve, heridas que escondemos tras sonrisas y cansancios que llevamos en silencio. Es en esos momentos que resuena la invitación de la fe: acércate a Jesús, incluso de rodillas, con lágrimas o sin ...
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