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Nadie gana cuando hay peleas


La suave respuesta quita la ira, pero la palabra áspera aumenta el furor. (Proverbios 15:1)

En nuestra vida diaria es fácil dejarse llevar por la emoción y acabar metiéndose en discusiones. Muchas veces, estas peleas surgen de malentendidos, de orgullo herido o de intentos de imponer nuestra opinión. En el fragor de la discusión, podemos pensar que si somos más firmes o gritamos más fuerte, saldremos “victoriosos”. Sin embargo, la verdad es que en una pelea, nadie gana.

Las palabras pronunciadas impulsivamente pueden herir y dejar marcas que a veces tardan mucho en sanar. Incluso los pequeños desacuerdos pueden convertirse en divisiones importantes, tanto dentro de las familias como entre amigos. ¿Pero vale la pena? La Biblia nos enseña a ser pacificadores, imitando el ejemplo de Jesús, quien, incluso ante las ofensas y las injusticias, no respondió con ira, sino que respondió con amor y perdón.

Cuando elegimos evitar una pelea, elegimos el camino de la paz. Si somos pacientes y respondemos con gentileza, podemos calmar la ira y evitar que los conflictos aumenten.

Si te encuentras en una situación tensa, recuerda esto: el perdón es más poderoso que la venganza. Evita discusiones innecesarias y trata de vivir en paz con todos.

Soportándose los unos a los otros y perdonándose los unos a los otros, cuando alguien tenga queja del otro. De la manera que el Señor los perdonó, así también háganlo ustedes. (Colosenses 3:13)

Evita las discusiones y vive en paz

Elige el silencio en lugar de la discusión. Cuando te sientas enojado, respira hondo y evita las palabras impulsivas.

Sé un pacificador. Intenta comprender a la otra parte y responder con calma, buscando siempre la reconciliación y la armonía.

Practica el perdón a diario. Recuerda el perdón que recibes de Cristo y ofrece gracia en situaciones de conflicto, llevando sanidad a los corazones.

Para orar:

Señor, ayúdame a ser pacificador en medio de los conflictos. Que sepa controlar mi lengua y responder con amor, incluso cuando me provoquen. Dame un corazón perdonador, así como tú me perdonas. Ayúdame a elegir siempre la paz, evitando las peleas y cultivando la armonía en mis relaciones. Fortaléceme para seguir tu ejemplo, actuando con gracia y paciencia. Amén.

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