
Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.
(Eclesiastés 3:11)
Hay un vacío silencioso que se instala en el corazón humano cuando se deja de lado a Dios. Incluso rodeado de logros, personas, posesiones y experiencias, el hombre percibe que siempre falta algo.
Sin Dios, todo se vuelve insuficiente, porque nada creado es capaz de ocupar el lugar del Creador. El alma, hecha para la eternidad, no se conforma con lo fugaz.
Cuando Dios no es el centro, nace una búsqueda insaciable. Se busca el sentido en el éxito, el alivio en los placeres, la identidad en la aprobación de los demás. Se corre tras el aplauso, se acumula dinero, se cambian las relaciones, las ciudades y los sueños. Sin embargo, el corazón permanece inquieto. El vacío no desaparece; solo cambia de forma. Lo que una vez pareció suficiente, pronto pierde su brillo, y el alma pide más, siempre más.
Esta inquietud no es un defecto, sino una señal. Es el eco de la eternidad que Dios puso en nosotros, llamándonos de vuelta a él. El problema no está en desear cosas buenas, sino en esperar que hagan lo que solo Dios puede hacer. Cuando intentamos llenar con el mundo un espacio que le pertenece al Señor, experimentamos frustración y cansancio espiritual.
Solo Dios lo llena por completo. En su presencia, el vacío da paso a la paz, la ansiedad se reemplaza por el descanso y la búsqueda incesante encuentra propósito. Dios no solo suple las necesidades, sino que restaura el alma. En Cristo, descubrimos que no necesitamos tenerlo todo para estar completos, porque en él ya tenemos lo esencial.
Sin Dios, incluso mucho se vuelve insuficiente. Con Dios, incluso poco se convierte en abundancia. Volverse al Señor es reconocer que el corazón solo encuentra un hogar cuando descansa en aquel que lo creó. Es allí, y solo allí, donde termina la búsqueda y comienza la verdadera plenitud.
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Un vacío que revela la necesidad de Dios
Sin Dios, el corazón busca significado en cosas fugaces y nunca descansa porque fue creado para la eternidad de Dios.
Cuando intentamos llenar el vacío con el éxito, placer o reconocimiento, ignoramos la voz de Dios que nos llama al verdadero descanso interior.
En Cristo aprendemos que la plenitud no proviene de la abundancia que poseemos, sino de la presencia constante de Dios en nosotros.
Para orar:
Señor Dios, reconozco que sin ti nada es suficiente. A menudo busco llenar el vacío de mi corazón con cosas pasajeras, pero solo tú permaneces. Perdóname por intentar ocupar tu lugar con lo que no satisface. Entra en mi corazón, sana mis necesidades y enséñame a descansar en tu presencia. Que tu amor sea mi plenitud, mi paz y el verdadero sentido de mi vida. Amén.
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